.
Nunca nadie pudo hacerlo, pensaste. Y pensaste: cuántas palabras hubiésemos callado de haber sabido el resultado o las consecuencias. Palabras, pensaste. Y pensaste: cuántas miradas hubiéramos esquivado o buscado, cuántos silencios hubiésemos roto quebrado y espantado con una frase devastadora que por alguna extraña razón no pronunciamos y que aún hoy continúa dándonos vueltas en la cabeza. Miradas y silencios, pensaste: todo lo que hace falta: miradas y silencio. Y pensaste: cuántas puertas no hubiéramos golpeado jamás y cuántas otras no hubiéramos cerrado con tanta prisa, cuántos sermones estúpidos no hubiéramos fingido escuchar y hasta lamentablemente aceptar o consentir. Puertas y discursitos, pensaste. Y pensaste: cuántas manos ingratas no hubiéramos -ilusos nosotros- estrechado. Cuántas veces el río que suena, pensaste. Es decir amistades: cuántas amistades hubiéramos intentado entablar o sostener o que no nos traicionaran nunca, ni siquiera con una sandez de las fáciles de perdonar. Y pensaste: cuántos momentos de absurda vigilia hubiéramos canjeado cambiado reemplazado o permutado por santo sueño, por el sueño santo que todo lo cura. Aunque también pensaste: cuánto sueño tan anodino hubiéramos cambiado reemplazado y trocado por atenta y fogosa e inolvidable vigilia. El sueño y la vigilia, pensaste. Y pensaste, además, cuántas veces habría sido mejor agachar la cabeza, recoger el mentón, no hablar, no retrucar, no mover los labios ni mucho menos la traicionera lengua que en tantas ocasiones nos condena. En lo que nos condena, pensaste. Y pensaste cuántas veces no hubiéramos vuelto la espalda ni puesto la otra mejilla ni escondido el brazo que responde o participa. En las manos, pensaste. Y pensaste cuántos cuerpos hubiéramos recorrido más y mejores veces -con esas manos- si nos anticipáramos a lo que ya no se puede modificar ni cambiar, porque nunca nadie pudo hacerlo, pensaste.