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(en librerías próximamente)

domingo 5 de octubre de 2008

· arder en primera ·

(1) Anillos

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Quién me obliga a ver tu nombre grabado dentro de un círculo. A recordar la tarde en que los compramos, a recordar la ilusión de aquella tarde. A recordar la otra tarde (siempre invierno) en que me lo pusiste y te lo puse y nos los pusimos. Ay ilusión. Ay esperanza. Ay: qué impuntuales son. Si todo coincidiera como coincidieron orificio y dedo tenso. Si todo se limitara a esa acción. Quién me obligó. Quién toma y quién obliga. Cordón metálico que me aprieta los vicios del anular. Qué fácil fue abrirte la manito, qué fácil fue que me miraras. Qué fácil tus ojos y qué fácil tu sí. Qué fácil la noche que de verdad ardimos. Qué simple parece todo cuando hay voluntad y pasión y horizonte. Qué claro el horizonte con tu nombre grabado en el interior de una cinta. Después hay que raspar y raspar para borrar ilusión esperanza horizonte. Eso sí cuesta. Eso sí cobra. Caro. Ahora borro y borro como si nunca hubiera existido aquella tarde, como si nunca hubiera sido lo que alguna vez fue realidad.

(2) Babeles

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Nunca entendí cómo hace la gente para sobrevivir a la derrota. O para sobrellevar la victoria: lo insoportable de cualquier victoria. En aquella esquina está el fracaso: enfrente nomás, la gloria. Gloria y fracaso me miran con desconfianza. Ven la ausencia y supongo que la disfrutan. Nunca entendí el lenguaje que utilizan para comunicarse. Para insultarse pero también para jugar una partida de ludo sobre mi espalda. Sé que una fuma tabaco mal cortado y que la otra se droga los fines de semana. Y que son felices en su mundito color violeta. Y que a veces intercambian los roles para confundir al invierno. A veces (también) la van de amigos. Otras de pareja por conveniencia. En el vértice del cuadrilátero, con la cara hinchada a piñas, estoy yo. Y yo no quiero mirar ninguna esquina, ninguna vereda de baldosas flojas donde los charcos traicionan al pie de apoyo. Al apoyo que te di cuando ya no supe ubicarme y pegar los codos al pecho y mirar entre los puños para soltar el brazo y dar en el blanco. Voy a la cueva del que nada entiende: tiro un golpe y pifio. Pero regreso contento y con tantas ganas de olvidar que en aquella esquina está el fracaso hablándole a los gritos a la inocente gloria. Una vez me pareció escuchar que se querían porque en el fondo eran la misma cosa.

(3) Cartografías

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Soy el mapa que no conviene consultar: el que desvía y desorienta y pierde. El mapa de la ciudad que no existe, de la capital que no gusta, del pueblo perdido en medio de la provincia más olvidada. Soy el croquis de una villa hundida en la mejor miseria. La Vía Láctea que se apaga cuando me mirás. Si no te entiendo, si no sé leer en el papiro chamuscado de tu geografía, tampoco sabré caminar hasta la entrada del convento donde una vez fuiste estrella. Saco la lupa del bolsillo y miro bien el sonido de la cruz: ahí está la guarida. Y es ahí adonde tengo que ir. Pero me cuesta porque me vendieron un GPS trucho. Falso. En realidad no me lo vendieron sino que lo robé: no tenía plata y pegué el manotazo certero y salí corriendo como una flecha del negocio de las oportunidades. Es importante la brújula en las noches de tormenta. Camino erróneo, camino equivocado, camino descaminado. Abro el planisferio y lo extiendo sobre la mesa: la luz del candil es amarilla y me recuerda letra por letra a tu nombre: también amarillo y pegajoso. El frío me ciega: el pasado es el frío. Y yo soy el mapa que nadie (en su sano juicio) debería tener en cuenta.

(4) Disfraces

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Me gusta verte así. Quiero decir con la cara lavada: descalza: sin artilugios que te escondan la piel. Me gusta cuando te exponés y cuando te acostás boca arriba y también cuando girás la cabeza para pedir y pedir y pedir. Me gusta tu calle y los pasos que das por ella. Sin armatostes: sin dispositivos: sin tapones en ningún agujero. Pero antes no era así. Porque antes (creo recordar) te fijabas en la superficie de las cosas: en las máscaras en las cáscaras en la ropa de corte americano que se ponen los títeres y las luciérnagas. Deliciosa apreciación aquella en la que me señalaste con el dedo lo que querías que te sacara. Abrigo y bufanda y mascarilla veneciana. Antes eras un puntito en la oscuridad, una marca, una señal poco visible en la mañana nublada. Antes. Y ahora me gusta verte así. Quiero decir chapoteando entre las sábanas y tan disponible al arrebato.

(5) Espejos

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Qué desgracia: me vi medio muerto en el día de todos los vivos. Miré y me vi. Víctima. Como el vuelo de una moneda cuando pasa de mano en mano: limosna o diezmo o pago o vuelto. Miré y me vi. Cómo refleja cuando me ocurre eso que nunca busco pero que siempre llega. Cómo refleja la sangre y el vino y las ganas. Cómo refleja tu cuerpo encima del mío: tus piernas flexionadas en posición de rezo: el pegamento de la vida grata. Sol y sombra en el día de todos los vivos, infancia y juego en el palacio de la risa. Moneda ingrata que aparenta bienestar, bombero gaucho que sofoca el picor de unos pezones. Voy a volver a verme reflejado en uno u otro brillo. Voy a volver a enfrentarme a mi propia imagen para poder peinar este principio de calvicie. No me interesa dónde porque eso sería lo de menos: en el botiquín de invierno que acarreaba el médico nocturno, en la voz rasposa de mi último (¿último?) pelotazo en contra, en el aire pueril y vano del adverbio que menos lastima. O en la desgracia que nace cuando abro los ojos y me veo así, medio muerto.

(6) Fechas

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Qué te voy a dar mañana, cuando suene el despertador que separa con un hacha (de mala forma, para colmo) el sueño de la vigilia. Qué te voy a dar. Qué, medialuna mía. Decime qué. Si el tiempo sólo juega en el equipo del olvido. En el equipo que gana todos los partidos y todas la copas y todas las competencias incluidas las de régimen amistoso. El tiempo es la estrella del equipo eternamente invicto. El tiempo: todo lo que tengo y todo lo que tenemos. Entonces qué. Qué envuelvo y a qué le pongo moño. Qué. Tatuame un elefante en la frente para que su memoria se acople a la mía. Ya no me acuerdo de casi nada: me olvidé cuándo es o sucede tu cumpleaños, me olvidé el número mágico de tu DNI, las iniciales de tu coche, me olvidé el sistema que había construido para que el sonido crispado del despertador sólo fuera eso: un mero sonido y no un separador y no un miserable separador. Por eso cuando dentro de un rato suene. Por eso cuando suene y se termine el sueño y comience la jornada crucial, no sabré qué darte. Y tengo que darte algo. Algo importante y maravilloso. Tengo que hacerlo, medialuna mía. Porque a la hora de la cena pasan por la tele y en directo un partido insoportable donde siempre gana el mismo equipo.

(7) Gérmenes

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Ahora que lo sé puedo liberarme: irme flotando o por qué no volando a la ciudad de los hombres sin rencor. Ahora, quiero decir esta misma semana, supe que mi cuerpo está infectado y que nada ni nadie puede curar ese mal. Ya no. Mal que me hiciste mal pero igual te quiero. Mal que ensuciás el aire. Mal que viajás en la ceniza del incienso. Mal que me hiciste mal. Mal que contaminás con tu mal el aroma mágico de los pomelos, de la flor que precede a la fruta, del gusano y de la larva, del huevo imposible donde una vez pasé nueve meses inolvidables. Oh, estaba yo tan tranquilo en el útero de mi madre. Cuando volando escape, cuando estas manos sean alas y estos dedos las plumas blancas que arden en el infierno, llegaré rápido al puerto donde la sirenita sigue amarrada en la dársena de la espera. La voy a llamar por teléfono, la voy a citar a la única hora perfecta que tiene el día: la voy a mirar: la voy a tocar: le voy a decir que estoy infectado por el hongo de la duda y ni bien se descuide le voy a decir la verdad (ella se la merece): soy yo, sirenita: soy la muerte.

(8) Hogueras

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Hoy es el día de la culpa. El día sin nombre. El día quemado que a nadie le importa. Pero hoy es el día de todos. La pluma pesada, el café recalentado que vomito con las primeras luces del alba. Un sánguche de aire. La escopeta enemiga. La huella de un pie sobre la arena. Hoy es el principio del fin: hay un recordatorio absurdo pegado en la heladera, un jardín cubierto de nieve, un penal importantísimo que tiré por encima del travesaño. También aplasté una aspirina vencida: la aplasté mucho: hasta convertirla en leal estupefaciente. Hoy, en este día crucial, voy a llorar por los vivos (no por los muertos): porque el máximo dolor no es la muerte no es la muerte, comandante. La voz que más quiero me pregunta si estoy bien y yo no sé qué contestarle. Con una lata de atún me arreglo, digo como si murmurara. Sánguchito de aire. Hoy es el día de la culpa. El día sin nombre apretando la clavícula que me partí en el 81. Por eso voy a desechar todo lo que me sobra. Todo. Lo meteré en una bolsa y lo arrastraré como pueda hasta la esquina de mi casa. A esa esquina mugrienta donde dentro de un rato cuatro linyeras encenderán su fuego amigo para reventar a trompadas la cara ingrata del invierno.

(9) Ídolos

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Quiero verte otra vez. Quiero. Verte. Otra vez. Quiero que seas engranaje y prisas en cada uno de mis días. De mis horas. Quiero que tu magia rompa el hechizo delante mismo de mis ojos: que su acción obnubile el rayo de mis ojos. Y después, obnubilado y feliz, ver cómo su accionar guerrero ahuyenta el trueno: el ruido morboso que asusta en las noches de invierno. Quiero verte otra vez: luchando y ganando: tu rostro estampado en el afiche: tu silueta recortada en la pared que más recuerdo. Quiero que no me dejes dormir (que no me dejes quedarme dormido: que no permitas eso: me refiero a la parte sedentaria que pudre los mejores frutos de la vida). Ay si pudiera volver a verte jugar. Ay de mí si fuera posible volver a gozar con tus piruetas de club grande: de equipo que sale a ganar en cualquier cancha de cualquier punto de esta trastornada y viciosa república. Te cuento: mi mundo es un globo ardiente que vuela cargado de realidades. Engranaje y prisa. Honra y dolor. Supervivencia. Quiero verte otra vez, amigo mío: tu mano gloriosa y fuerte.

(10) Jinetes

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Vengo a demostrarte que puedo, que cada vez me resulta más fácil, menos problemático. Vengo desde la otra punta del sistema: del lado b de cualquier cd quemado: vengo del barrio bajo que se inunda con apenas tres gotas. Pero (oh, sorpresa) vengo montando una yegua alocada y díscola que salta los cercos y las empalizadas y los atascos. Y los charcos. Salta como si flotara o el aire fuera a sostenerla. Veo tu nombre en la tapa del cuaderno y recuerdo un domingo frío donde tenías frío y te acurrucabas entre mis brazos. Salta la yegua fiel: brinca y sigue y nadie puede ya detenerla: sus crines cortan el viento y ahí se acuesta mi pecho. Para que me lleve sin pedirme nada a cambio. Eso es llevar. Fiel, la yegua alocada. Fiel a mi pulsión. Fiel y leal. Lealtad digo y ella galopa y resopla y otra vez salta. Sé que me oye alentarla. Y sé que se alegra de oírme. Por eso salta como si el viento le ayudara a hacerlo. Entonces me acurruco contra sus crines azabaches que son el principio del sueño eterno. Vengo a demostrarte que puedo. Claro que sí. Porque voy montado en la flecha que vuela para siempre. La única y la mejor: esa que clava justo en el centro y alcanzar su meta es lo que menos le importa.

(11) Kilómetros

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Habrá una desdicha cuando me llegue el día y tenga que sentarme a esperar: cuando me quede quieto por falta de combustible: sin pilas y fuera de borda. Mientras tanto viajo por los países pobres. Lluvias por la ventana cuyo vidrio se empaña con las bocanadas del sueño. Y viajo. Y avanzo. Recorro zonas marginales y voy descubriendo que ahí está la verdad. Qué delicia desenterrar lo invisible. Los pobres son los que le dan identidad a las regiones, a las banderas y a los escuditos rodeados de laureles municipales. Porque los ricos son iguales en todas partes, sean éstos de donde sean. Siempre. Usan las mismas marcas de ropa o zapatos y compran sus relojes en las mismas colmenas. Beben los mismos vinos. Fuman el mismo tabaco. Frecuentan los mismos gimnasios y las mismas discotecas y las mismas avenidas o playas. Son idénticos calcados copiados y hasta pobremente plagiados por algunos pobres descarriados que intentan mal huir de su preciosa condición. Porque los pobres son la verdad y todo lo demás es mascarita. Agujas y elefantes. Mate amargo, yerba al sol. Ilusiones al sol. Los pobres hacen las sillas donde se sentarán los ricos. Hacen las casas de los ricos: sus adornos, sus estufas, sus paredes y sus cimientos. Los pobres asfaltan las rutas para que transiten mejor los coches de los ricos. Los pobres hacen el pan, ordeñan las vacas las cabras las ovejas: trabajan la tierra (sea ésta para sembrar o recalificar). Y los votan: gobiernan los ricos porque los pobres quieren que eso ocurra. Qué desdichado seré cuando tenga que sentarme a esperar. Cuando me quede quieto, varado en medio del charco. Cuando ya no viaje con una mochila por las regiones bárbaras, donde la gente vive a cara descubierta y su única desgracia es ser inmensamente libre.

(12) Lienzos

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Voy con los pinceles a un sitio secreto que hay más allá del terraplén. Ahí mismo, una tarde fría, me enseñaste la parte más blanca de tu cuerpo. Todavía puedo verla. El terraplén separa las vías del ferrocarril austero de una canchita de fútbol donde sólo juegan los guapos. El terraplén (más bien sus adyacencias) tiene mucha historia. Aunque la historia del bendito terraplén no puedo contarla ahora: ahora voy con mis pincelitos, melancólico pero arrojado. Voy en busca del rincón secreto. Voy porque ahí sé acomodar mejor las letras y las palabras y la puntuación. Voy como si el verbo ir me llevara de la mano. Entonces me escondo. Me hundo y me unto. Me encierro. Me hago cueva y cerebro y mago. Estiro la hoja blanca y comienzo a soltar oraciones que unidas representan aquella tarde: tu cuerpo erizado y puro. Soy, por un instante, el artista plástico que garabatea las sensaciones. Soy el que plasma y se arrepiente y vuelve a plasmar. Cierro los ojos: te veo de espaldas desabrochándote la camisa. Escribo la tensión de ese instante y el terraplén se me viene encima con toda su historia de malandras olvidados. Sé que hubo un invierno en el epicentro de mi vida. Una tarde fría en la que todos los ardores se juntaron para mí. Sé que ya no los tengo pero el sitio secreto me ayuda a entender que todos los inviernos se parecen entre sí. Y que voy a seguir esperando la parte más blanca de tu cuerpo. La que me llena los folios de historias. La que me convierte en artista. La que sueño cada vez que voy al sitio secreto que ya no existe.

(13) Medicinas

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Levanto la vista y observo la caja sobre aquella estantería. Es mi caja y son mis pastillas. En mi decisión. Soy un pastillero ultra dependiente. Me drogo. Soy un drogadicto. Un adicto. Un aniquilado. Soy lo que quiero ser porque dependo de lo que nadie desea: una tormenta cegadora, un teléfono cortado por falta de pago, un cortocircuito. Una necesidad. La necesidad (siempre cara de hereje) de mi adicción. La necesidad de mis propios medicamentos, de mis propias pócimas y de mis propias malas yerbas. La ausencia de recetas, de sol, de fraguas donde fundir las letras del romancero. Calienta el mechero en el corazón de la cucharita. Quema y arde y cura. Quién podría soplar la vela de este fútil entierro. Quién. Me trago las grageas sin partirlas y sin líquido. A pelo seco, trago. Los ojos del infierno son mis ojos: la claridad no existe. Por eso espero paciente el milagro de la sanación: porque es mi caja y son mis píldoras. Y la necesidad es mí necesidad. La llevo conmigo a todas partes para que se acostumbre y nunca se me escurra. Soy un drogadicto necesitado. Un aniquilado en la noche de tormenta. El cortocircuito letal. Pero soy yo y con eso me basta.

(14) Norias

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Doy una vuelta completa sobre el eje de la buena fortuna. Ensayo el próximo paso. Giro. Vuelta completa. El mareo es mordaz y algo cavernícola y me lleva a pensar en todos los porqués. Y de pronto lo descubro: giro para verte mejor: regateo para olerte mejor: ando para saborearte mejor: y me mareo para tocarte mejor. Tocarte es también verte y saborearte: girar como un loco hasta que los inviernos no ardan. Olerte las partes mágicas es la tecla que modifica la sustancia. Soy la perinola de tus días dulces azucarados integrales. Soy persona y eje y descubridor. Amago a posarte mis manos (siempre) frías para percibir tus temblores de nena acristalada. Con qué facilidad se calienta la pava en la hornalla del presente. Con qué habilidad la calentamos. Y sin embargo cuánta ceguera tenemos a la hora de no calcular el dolor. Ecuaciones de primer grado con resultado negativo. Vísperas de fines de semana: un micro rojo y blanco: la estación sin bar ni subsuelos: tu valija que ya es mi valija. Quiero seguir girando y girando para que mareadito y todo consiga olerte saborearte tocarte y volver a calentar la cocina con vistas al jardín. Por eso ensayo el próximo paso. Por eso me cuido. Por eso me agarro al eje. Por eso tengo preparado el magiclic que dispara fuego. Pisar en falso sería no descubrirte nunca más.

(15) Ñoquis

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Bolita de aire. Bolita de nieve. Bolita de harina. De harina y huevo y sal y agua. De domingo a la hora del sol rajando la tierra. De domingo gris. De domingo. Clavo los ojos en el corazón del plato y nunca los cuento. Son todos para mí. Pincho y trago. A veces mastico. Tenedor y cuchara y recuerdo. Ahora los como en soledad pero supe comerlos con vos, con ellos: pedirlos por teléfono y que crucen la ciudad en una motito endemoniada. Sí: compartirlos con tu sonrisa y tu mueca de buen apetito. Compartirlos de un modo tragón para después echarnos sobre la explanada de pluma y cuero. Para después hacernos bolitas de aire o harina y mucha (muchísima) sal y tanto agua. Hacernos agua con sólo mirarnos. Cubrirnos de harina blanca blanca blanca y amasar el precio del pecado que tiene un color irreversible. Te llevaré a la península, corazón romano: a la isla: a la bahía: a las ruinas que dejaron para nosotros. A las huellas. Que ellas nos guíen. Te llevaré a comer bolitas a la bolognesa para que no te pierdas en el mar. Y me llevarás. Y todos los días lloverán piedras. Te repito: es invierno y nunca los cuento.

(16) Ojos

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Son míos y son culpables. Porque me permiten observar y sacar conclusiones tantas veces absurdas. Y son míos. Y están ubicados en el mejor sitio posible: desde donde nada se pierden. Ellos tienen la maldita autonomía, la potestad y muchas libertades. Intuyen reniegan deciden avisan. Matan. Me acompañan a cualquier parte: todas las horas de todos los días de todos los meses. Desde siempre. Desde que salí del huevo bondadoso y comencé a caminar la cancha. Barro y lanzadera en la ciudad que transito. Maldita autonomía que no me deja en paz, que se aprovecha de la vigilia para inocularme todas las visiones. Se protegen en invierno (tramposos) de las heladas más horrendas. Se alertan en la oscuridad y nunca se pierden detalle. Se acurrucan cuando mi cuerpo es también tu cuerpo. Viajan en los trenes conmigo, en los aviones, en los coches y en las carretas con las que atravieso sabanas estepas montañas avenidas. Me dijeron tantas cosas desde su apariencia tornasol. Tantas. Las mejores. Las peores. La bombacha olvidada o la corbata olvidada o el banderín olvidado en el fondo de una cajonera. Encontrar por casualidad esas cosas que ellos me señalan como objetos esclarecedores y yo nunca consigo convencerlos de que tal vez sólo sean trapos. Ganan hasta cuando no tienen razón. Matan cuando fijan, perdonan cuando quieren. Avisan deciden reniegan intuyen: mal o bien. Hacen todo pero son míos y son los culpables de que sepa diferenciar tus colores.

(17) Pirámides

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Mañana (cuando empiece a perseguirte) voy a trepar como un monito hasta la rama más alta de mis pensamientos. Clavaré las uñas para no caerme. Usaré también las piernas, los glúteos, el pecho. Subiré y desde arriba podré divisar tus pasos. El andar que me enseñaste cuando todavía era temprano para que lo aprendiera: cuando todavía no podía seguirte como se sigue la estela vigorosa de un avión a chorro. Qué tiempos aquellos y qué tiempos estos. Armaba el Rastri pieza por pieza, el mecano verdecito de los años sin tiempo. Construía torres y fortalezas. Muros. Muros imposibles que sin embargo superamos. Que sin embargo asaltamos y vencimos con la soga que después me ahorcó. Oh muro murito que pasaste de amigo a contra. Quiero volver a treparlo. Quiero volver a ganar. Quiero ganarte y que me ganes, treparte y que me trepes: poner la mano caliente encima de los apuntes del examen más difícil. Poner la foto en blanco y negro con una chinche en la pared. Esa será mi función cuando deje de perseguirte y sólo me quede una piedra en el bolsillo del impermeable. La última: la que corona y hace pico y completa. La que cierra y nunca miente. La que te debo. Sí. La que te debo.

(18) Quijotes

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Veo una salida al final del interminable túnel. Una luz, una medalla. Unos ojos de gato presentes en la oscuridad. Veo y entiendo que no todo es lo que parece: que los señores de escafandra fumigan su propia derrota. Ignoro qué pretenden. Mi madre cuenta las horas y su jefesucha los billetes. Mi hermano se quedó en la selva (diciendo: y si nos matan ganamos igual). Su presencia es infinita y no ha nacido el hombre que pueda combatirlo. Y ese que va ahí, ese que cruzó las villas con sotana y pelo rubio, ese que supo impartir la hostia a cara descubierta. Ese: hermano mío también. Ah: con honores, una mujercita de ojos negros va cantando de camino al paredón. Tienen que creerme si les digo que es mi hermana. Y no va sola en el acoplado de aquel camión militar. Sigo viendo al personaje desgarbado que enfrenta a los gigantes, que los reta y encara y vence. Cuánto miedo llevan los de la escafandra: cuánta indigencia: cuánta voluntad de nada: pistola y rifle y carabina. Revuelvo en la basura: el invierno se me hace corto porque la verdad vuela bajo. Medalla rutilante en un 11 de noviembre. Coraje y soledad. Ojos de gato que repiten con certeza: vengo a aprender de ustedes la vida y no la muerte. Y no la muerte.

(19) Regalos

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De pronto, extiendo la mano y me das la ansiada bola fría. Se trata de una pequeña esfera con ojos boca nariz orejas. Con piernas y brazos. Con resortes que a veces son el motor y otras veces las ganas. Depende: depende del clima y depende de la necesidad. De las necesidades. De las metáforas. Como el hada madrina que me vino a visitar en el peor invierno de mi vida. Aquella vez. Era una angustia (yo). Era un sinrazón (yo). Era la piedra encima de la cabeza. Día y noche día y noche. Qué maltrato: su peso me hundía bajo el cielo de una ciudad algo extraña. Entonces apareció con sus alitas frágiles y tan alocadas. Apareció y nunca más se fue. Me tomó de la mano y nunca más nadie. Y yo nunca más. Y ella nunca más. Aquella vez. Su voz me interrumpió mientras tomaba chocolate con churros. Y yo nunca más. Ahora extiendo la mano y siento cómo ese objeto reluciente arma su propia voluntad. Viene a enseñarme el sentido que deben seguir mis pasos. Viene a pilotar en la tormenta. Viene a darme la corazonada y el reencuentro. Lleva en sí misma la energía de tantas noches, del naranja y verde pintado en su camiseta. La ciudad extraña es el centro de un país. Del país donde nació mi hada madrina: guardiana de mis ojos que también son sus ojos. Ojos boca nariz orejas. Piernas, brazos. Y alitas alocadas que me salvan de todas las balas.

(20) Sirenas

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Vengo de no sabría donde a pedirte que me sigas. Me sumerjo y te lo ruego. Escribo con mano firme este montón de letras bajo el agua. Vengo y me quedo y entonces te escribo: soy yo: valgo este puñado de palabritas (atornilladas a los renglones) y sin embargo vengo y me planto y te ruego que me sigas. Seguime con tu nado escrupuloso, con tu pataleo que rompe las olas. Seguime y mirame y no te escapes. Seguime aunque más no sea por curiosidad, por intuición y pragmatismo. Y cuando huelas a los tiburones, acurrucate en este rincón de mi historia donde el depredador no se atreve a morder tu cola fluorescente. Tu pelo interminable. Inmóvil. Inmóviles. Brillo y merodeo. Cuesta abajo y terraplén. Quiero confesarte que en ese horizonte está el baúl donde duerme mi tesoro. Para conseguirlo, para reconquistarlo, tenés que pasar la frontera y nadar como un diablo y no detenerte jamás. Moribundo está el rencor. Agonizante la mala hora. Vengo de no sabría dónde a pedirte que me sigas. Te aseguro que en el próximo párrafo, con todas las de ganar, tu parte de abajo perderá para siempre las escamas. Y podrás caminar. Y si caminás caminamos. Y si caminamos el horizonte y el tesoro será cuestión de días.

(21) Tumbas

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Por si acaso, me quedo quieto y abro los ojos: la oscuridad lo es todo. También el frío: un frío como de cartón prensado que no claudica. O el paladar de la desgracia que me hace creer en el cielo nuestro de cada día. Frío en la oscuridad, mandrágora y kerosén. Cartón. Ojos abiertos en medio de todas las malarias. Toco tierra y madera y palpo lo que no existe. Enterrado escondido maniatado. Vivo en un agujero cual soldado covachero protegiendo su fusil. Vivo debajo de una lápida donde apenas se lee mi nombre. Vivo y sobrevivo en lo más profundo de la caverna. Vivo por vos, así. Por tu figura de arcilla y por tus dedos (deditos) de mágica bienvenida. Y me hago el muerto por conveniencia: para que cierre bien cerrado el sarcófago, para que no se me vuele la mortaja, para que no se me mueva la peluca, para que no me detectes cuando sudo la fiebre del recuerdo. Escondido y engrillado y sepultado. Húmeda es la tierra que me une a la oscuridad.

(22) Umbrales

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Tanto tiempo esperando el delicioso día: una mano me toca como induciendo a disparar. Disparo. Tantos días. Esperando a que ocurriera. Aquella mañana, de pie junto al altar, cerré los ojos y di el primer paso. Tantos pasos y tantos días y tanto tiempo. Alguien me tocó el hombro. Sentí el peso de su mano y no lo dudé. No es conveniente la duda cuando te llega el día que tanto esperabas. No es conveniente el signo de pregunta: la curva en el barlovento, la madrugada sin candil. Si miro hacia atrás me tapan los nubarrones. Si miro hacia atrás me convierto en estatua de sal. Porque la espada estruja con su filo y su brillo y su iniquidad. Estruja tanto: mi hombro apretujado cerca del atril. Entonces subí entré trepé rodé. Aquella mañana. Llevaba tanto tanto esperando que rodar trepar entrar y subir no fue una acción sino más bien un destino. La mano sobre el hombro irradia temperatura en medio de la nevisca. En medio del invierno. Y yo recojo la alegría como quien ve cierta lucecita en la ventana. Con una convicción seca, subyugante. Algo parecido me sucede cuando te abro la puerta y me pierdo en el limonero que baja por tu espalda. Cuando rechazo la hostilidad. Cuando me olvido de aquella mañana. Del disparo. De la entrada maldita al territorio de la ausencia.

(23) Visiones

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A menudo, quiero decir constantemente, se me aparece un rostro. Una cara de expresión melancólica. Una cara de hombre: seria y algo mofada pero tan especial. Su contorno es difuso: lejano y cercano al mismo tiempo. Tiene boca pero no habla: no hay sonido en sus ojos ni color en sus mejillas ni flequillo de ese que descoloca el viento. Tiene pelo, sí: castaño. Y maneras de naufragar entre el vapor. Rictus melancólico en el verde de un estanque. A menudo (digamos ya constantemente) intenta decirme algo que yo no alcanzo a descifrar. Cifrada comunicación la de esa cara. De sus ojos insonoros sale una suerte de mandanga que se me viene encima cuando olvido lo que soy: lo que busco y siempre buscaré: lo que me lleva de la mano día y noche por el jardín acristalado: lo que algunos esperan y otros desean y tantos ignoran. A menudo se me aparece un rostro. Una cara muda difusa seria. Una expresión que se refugia en el silencio hasta que el otro día, a la hora de siesta, abrió la boca y por primera vez pronunció palabra. Creo haber entendido perfectamente su mensaje. A la hora de la siesta: mientras ardía. A la hora de la siesta: en el fondo del espejo.

(24) Whiskys

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Sotana y escopeta; sombrero, mezquindad: servime en este vaso que tengo los dedos cansados. Que la voz se me hace corta y la paciencia una mosca insoportable que gira en redondo. Servime que te sirvo. Mirame y bardeame mientras escucho cómo suena el tintineo. El clín de la noche santa. Hielo contra hielo, labio sobre labio. Vaso ancho y pesado y algo quejumbroso. Boqueame que borracho voy por vos: por lo que fuimos y por lo que siempre seremos. Frío el contorno y alcoholizado el aire: la borrachera me hinca hasta decir basta. Borrachito por tu cuerpo de sota en la baraja, de alfarera en la última pieza de la casa, de fiebre vespertina. Por lo que siempre seré cuando tu aguijón me inocule el néctar de la buena nueva. Tomemos (juntos) la pócima estrafalaria y todos los días serán carnaval. En puntas de pie me acerco y en puntas de pie me dejo. Te beso. Me dejo. Te toco. Me dejo. Quiero verte en tu sofá cama pataleando de alegría. Quiero que me sirvas y servirte. Que bebamos como locos hasta la cima inaccesible. Que suene el hielo y la piedra y la suerte. Que giremos en redondo como moscas enloquecidas.

(25) Xenofobias

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Voy, con premura y tan abrigado, todos los días o casi todos, generalmente por la tarde, al encuentro del hombre manco. Ni él ni yo nos dirigimos la palabra y toda nuestra relación se basa en breves gestos de orden mercantil. El hombre manco regentea un quiosco de bebidas alcohólicas al final de la calle, frente a la pileta municipal que en invierno parece un cementerio. El quiosco tiene espíritu de antro y nunca nadie debería frecuentarlo. Por azares supe que la vida del hombre manco estuvo marcada por la delación y que esa actitud suya le dejó un muñón mal disimulado en lugar de mano derecha. Pero pocos vecinos saben que el señor manco fue un verdadero cretino, que todavía odia a los que delató, y que según puede observarse en su mirada seguirá odiándolos por los siglos de los siglos. Metros de tierra húmeda lo separan de los muertos. Y sin embargo. Todos los días (imagino mientras voy a su encuentro) son esos muertos los que lo persiguen y le agrian el semblante. Algún día dejaré de visitarlo. Algún día: cualquier día: cuando me fugue al norte, cuando nos fuguemos al norte y ardamos en la misma cama, cuando no sea su pequeño y roñoso quiosco el único de todo el barrio que expenda bebidas alcohólicas hasta las tantas de la madrugada.

(26) Yunques

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Me confunde ignorar tus pasos. Saberlos invisibles, dispersos: molécula de hierro sentada en la otra orilla. Me confunde la voluntad de cambio, la mesita en el centro del jardín, la pollera corta y el contorno expuesto. Tu parte invencible me acelera el pulso. Firme y paciente como el águila guerrera. Cuando no te veo (cuando no consigo hacerlo) supongo que estás buscándome. Supongo que suponés. Que tu prisma de duro acero, alguna vez de estaño, me tiene acorralado en el vértice más agudo. Y ahí va mi martillo. Ahí sube y ahí baja. Y cuando baja amasa la sustancia incandescente. Le da forma brillo razón de ser. En el corazón de mi martillo, corazón, nacen todas las suposiciones. Y ahí voy a dar de lleno. Quiero decir con eso. A pensar pensar pensar que suponés te estoy buscando. Que la pollera siempre es corta si sabemos observar a tiempo. Y que tus pasos invisibles son aroma y brújula en la tempestad de la ignorancia.

(27) Zonas

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Siempre supe que tenías poderes: rara habilidad: el socavón donde caigo cuando intento solaparme. Maldita habilidad: sangre coagulada ensuciando la moqueta. Jaula. Cortijo. Cuadrilátero feroz. Mientras fumaba, anoche, me enseñaste el eje del peligro. Y como siempre supe que tenías extrañas habilidades (que un diablo rojinegro, centinela, acude con sólo imaginarlo) entendí que el detector de mentiras viene incorporado de serie, de fábrica, desde el inicio mismo de las actividades. Se activa de modo automático y no falla jamás. Dispositivo cercano a la perfección: salvador y protector y un poco sátrapa. Y un poco tuyo, claro. Desde esa cuadrícula restringida me enseñás a desearte: a biengastar todos los segundos: a escudriñar debajo de las cobijas. Bendita y maldita entre las cobijas: con esos ojos transparentes que me obligan a dar constantemente la nota.

sábado 4 de octubre de 2008

· arder en segunda ·

(28) Anillos

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Te cuesta bastante ponértelo pero mucho más te costará quitártelo: cordón metálico que nos aprieta los vicios del anular, que representa y acompaña y tantas veces obliga. Que después -en el infaltable tiempo de los adioses-, resultará desdén o sabor a espanto. Los hay planos y los hay redondos, los hay brillantes y hasta dorados: el corazón de un anillo es siempre el mismo. Pero claro: si cerrás los ojos volvés a verla cruzar Fuencarral como una luz para meterse en aquella tiendita donde los buscó como se busca un tesoro imposible, donde los encontraron como si fuesen a llevarlos toda la vida. Orificio alado que penetrás con tu dedo las veinticuatro horas de los días blancos, que prometés no quitarte no quitarte y sin embargo nunca es tiempo suficiente.

(29) Babeles

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Dijiste algo que impresionó: su rostro se iluminó de pronto, tal vez también el tuyo, seguramente el de ambos, aunque a vos sólo te quedó impregnado el resplandor acompañado de una mueca que era como si todos los idiomas y dialectos se fundieran contra sus dientes. Hoy no recordás con exactitud qué palabras fueron ni el ritmo ni la sintaxis ni mucho menos el porqué de tales elecciones. Ni siquiera sabés si en algún momento decidiste algo. Pero su rostro se iluminó como si un faro secreto le diera en medio de aquellos ojos claros. El invierno -a veces inexperto y tardío- fue el epicentro; las horas comunistas se desplegaban trémulas sobre el colchón. Vos hablabas una lengua diferente; el rostro iluminado hablaba a su modo y con cierta dificultad: veía borroso, también. La comprensión, y sin embargo, se produjo al calor de viejos fuegos olvidados. Hoy no recordás las palabras, el golpe que dan cuando se las bien elige, si te apuran un poco dudás inmediatamente de que haya existido palabra alguna, elección alguna, colchón en el suelo de granito. Más tarde, los oídos siempre sordos de la voluntad confundieron las acepciones. Hubo cenizas y parte de la lava arruinó el tejido verbal. Como sucede en todas y cada una de las historias, la confusión generó hastío y éste terminó devorando aquello que dijiste y que tanto había impresionado. Confusión, palabras sueltas, teléfono descompuesto, idiomas desconocidos. Y así, en una punta -incomunicado- tu cuerpito de púgil, cercado por todas esas alambradas, cercado por todas esas púas que sobresalen, que sobresalen y que lastiman todo el año.

(30) Cartografías

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El camino que elegiste es erróneo: hoy lo supiste. O tal vez ayer; hace poco muy poco, en definitiva. Pero ya lo sabés: son más kilómetros y la sinuosidad te zamarrea la vista, te la licúa. Dentro del artefacto hay leche y bananas maduras. Hay hielo. Entonces todo se revuelve y cruje y llega al punto mágico de bebida inolvidable. Abrís el mapa en la página de los aciertos, hacés fondo blanco: algo glotón que te llena el cuerpo. Una gota -la última- se contonea en tu labio inferior y cae y pega y explota. Explota la gota inolvidable. Explota al chocar porque choca justo en un punto del mapa que conocés de memoria. Lo señalás con el dedo y la gota se te sube. Trepa, la gota. Y deja de ser gota apátrida para ser tu gota, la mejor pero también la única. Donde cayó hay una ciudad. Esa ciudad perece inundada, nunca más habitable: fantasma y muerta y hasta sepultada. Camino erróneo, camino equivocado, camino descaminado. Pedí un mapa actualizado, nuevo, exclusivo; abrilo acompañado de otros labios y vas a ver cómo las rutas se parecen entonces a las que nunca pisaste, a las que siempre quisiste recorrer y no con el dedo y no con el dedo ahogado por la gota mágica, esa que salpicó una tarde de enero el camino infinito que vos elegiste con tanto ahínco. Por el que apostaste, además, todas la fichas. Inútil ahínco el tuyo. Inútil y desgastado; gota sin paradero olvidada en la ciudad.

(31) Disfraces

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Sacate la capa, sacate la máscara, la cáscara, el poncho, la careta esa que te imita la sonrisa. La que miente. Sacate todo: desenrollate la bufanda que no es para tanto. O el capirote, sacátelo también. Que nada nada pinche nunca el cielorraso de tu pieza. Sacate de encima lo que te convierte en marioneta y tirá la porquería para arriba, lejos lejos, al cielo más lejano, al río más oscuro donde de tanto en tanto algún desgraciado se babea con tu nombre. Sacate eso, haceme el favor: que nadie nadie nadie decida nunca por sobre tu voluntad la cantidad de cafeína de tu café de las mañanas, la cantidad de teteína de tu tecito mariquita de las cinco, la mateína de tus sueños. Pero tenés que sacarte la máscara y -a cara lavada- decirle la verdad verdadera. Confesate, dale, que en la sacristía de tu pieza, crucificado por el polvo, no podés perder.

(32) Espejos

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Cómo refleja cuando te pasa eso que tanto buscás. O cuando te soplan una sorpresa, sea ésta buena o mala; y a veces ni siquiera eso. Ves una mano amiga, un aliento, el alivio de llegar a casa. Cómo dice la verdad al claudicar de la noche, al tronar de las cigarras, cuando tomás un litro de vino de almacén, del barato, del que arde y pega piñas de campeón mundial, del que suena a flamenco y viaja a toda marcha de enero a diciembre. Y te cruza por arriba. Todo lo que sos podés verlo con sólo ponerte frente a ese vidrio cruel y amigo de los peines. Peinate, dale. Pintate si hiciera falta. Amigo íntimo de las cicatrices, de los desapegos, de tu nombre flotando entre el vapor. Amigo del enemigo que respira hondo para que sus pulmones huelan a dejadez. Sí, claro: saltar contento de la ducha para quedarte diez segundo viéndote, confiando y creyendo. Peinate. Ponete gomina. Y acordate de esa vez -lejana: en tu casa de dos plantas-, de la vez que te viste con los dientitos de leche cuando empiezan a salirse, eran como ventanas que daban al futuro; pronto los dentistas se arrullarían las manos y te entrarían a degüello, olvidando la piedad. Olvidadiza piedad. Duele mucho el pasado cuando pesa y las ventanas que daban a paisajes naranjas y verdes dejan un poco de lado los colores. Y ya no se peinan. Y ya no contemplan. Y ya no te avisan que seguirán esperándote aunque del cielo lluevan objetos difíciles de escrutar. Tardes risueñas, ausente la siesta: te arreglabas poco y salías apurado a la terraza. Y confiabas. La confianza es huidiza y pérfida. Exigente de lo que no tiene. Graciosa confianza que refleja como si existiera. Vos confiabas frente al vidrio mal pintado, confiabas en que aún te quedaba toda la vida por delante.

(33) Fechas

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Dale tiempo, que te busque. O mejor: date tiempo y andá a buscar lo que es tuyo. Algunas cosas -las que importan- sólo ocurren si primero te las imaginás, es como un juego; algo similar pasa con la fotografía, con el primer mate de la mañana, con las piernas más hermosas. Pasó así con el parque aquel que hubo en el centro de tu vida. Sí. Ya sé que un pedazo grande de tu mano quedó congelado en el corazón de junio. Sí. Y en el parque había una chica tomando un helado, los breteles de la remera eran su piel y el pelo le cortaba la cara. Sí. Y vos la mirabas: mirabas su lengua y la crema derretida o su lengua abierta llena de crema derretida. Tatuate una estrella en el cuello y pedile que ella te guíe, le quisiste decir. Siempre sabrás lo que sucedió en la mañana del 24 de marzo. El 23 y el 25, en general y como quien dice, te dan igual.

(34) Gérmenes

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Sabés que en el centro de toda relación habita un misterioso germen de carácter bipolar. En los meses negros, más que nada por las noches, el polo brillante del germen hace que éste crezca y crezca hasta convertirse en necesidad. Son momentos tenebrosos y poco recomendables: el humo te ciega, la marea te ahoga, te pesan las manos, el plomo y el viento de todas las manos; la quietud, de hecho -que es muy insolente-, te tira canchera un cross a la mandíbula: tac: el golpe es exacto y te vas al suelo. La necesidad -siempre cara de hereje, pobre- excede y tapa y anega todo lo que sos: sólo una reconciliación podría resucitarte. De vez en cuando se hace y, entonces, volvés al ring. El proceso suele ser cíclico y con aristas peyorativas. La parte mala del germen, su polo oscuro, ocurre en los meses blancos, más que nada por las mañanas, más que nada si son soleadas, cuando el germen -trasnochador incondicional- se duerme en los laureles y sin que vos lo adviertas comienza indefectiblemente a morir.

(35) Hogueras

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Fuego sobre fuego avanzás en la pelambre del sur del mundo. Vas y venís. Las estaciones aparecen cambiadas y nunca es invierno cuando nace el hijo de María. Nunca es invierno y tal vez por esa absurda razón todo ocurre al revés. Te sentás, sin embargo, cerca de la hoguera buena que encendieron unos indígenas sobrevivientes a la pólvora maldita de los hombres del norte. Quien te acompaña también se sienta. Ambos entornan las piernas, flexionando primero las rodillas para luego colocar brazos y manos en el hueco de todos los sueños. Forman un corro breve de personas cuyos rostros se iluminan en la soledad de la pelambre. El indígena mayor, viejo como nunca viste, hace gestos que sólo sus discípulos comprenden. Pensás que te quieren robar la mochila, que te van a sacar toda la ropa y la plata y el alma, que los gestos significan que te van a asar como los pollos flacos que vende el chino de la esquina de tu casa. Se te ocurre que quieren comerte, a vos y a la persona que va con vos. Se te antoja que son caníbales estos indígenas y que te invitaron sólo y exclusivamente para saciar su apetito. Todo eso pensás. El brillo del fuego a varios ilumina pero sólo a vos te inocula la posibilidad -algo remota- de morir esta misma noche. Levantás la cabeza y buscás instintivamente la Cruz del Sur. No la ves. Te alarma no verla, no encontrarla. Acercás la cabeza a la cabeza de quien está con vos y -con disimulo- le confesás que no te gusta la situación, que algo te huele mal y que lo mejor sería escapar. Huir. En esas estabas cuando el indígena mayor sacó de no sabrías dónde una calavera del tamaños de una pelota de tenis y acercándola al fuego dio comienzo al ritual definitivo.

(36) Ídolos

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Acordate cómo te colgaste del cuello de tu viejo en aquella remota tarde de un año que no viene a cuento mencionar. El invierno estaba lejos, sí: y tu mundo era un mundo ardiente que volaba cargado de realidades. Acordate del grito, del instante exacto en que viste la pelota inflando un costado de la red lejana. Acordate que lo escribiste -intentando ser ficción: pobre de vos- en un cuaderno ya perdido para siempre. Y que mientras lo escribías, volvías a ver una y otra vez la acción precisa y talentosa del jugador número nueve. El nueve más exquisito. Tu viejo tenía los puños apretados y en alto y todavía podía resistir los embates de tu cuerpo; y tu cuerpo todavía ignoraba que el tiempo se iba a encargar de que ya no puedas volver a hacerlo. Pero acordate cómo gritabas aquel gol inolvidable, cómo la gente saltaba de alegría porque claro, era un partido imposible en una cancha imposible y contra un rival que durante cuarenta y cinco minutos dio clases de cómo se juega al fútbol. Acordate el color de las camisetas, del verde fluorescente que alfombraba el rayo de tu mirada. El baile había pasado y la garra todo lo puede. Baile y corazón. Corazón santo que bombea y bombea contra tantos diablos entregados inesperadamente a la derrota.

(37) Jinetes

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Te subiste en mala hora y por el lado equivocado y el animal no sólo ya lo sabe sino que no podrá olvidarlo hasta que por lo menos te bajes y lo dejes en paz. Un pie en el estribo, la mano estrujando la correa, el vaivén necesario -no recordás si contaste hasta tres, quizás no-, y arriba, de un salto, como un juego. Como si te lo cruzaras en un recital o en la barra de aquel boliche o en el patio soleado del colegio y sin que coincidan apenas las miradas te acercaras y en malísima hora quisieras subirte por el andarivel equivocado. Entonces el animal no se lo toma bien: son así, tienen esas manías: te huelen el miedo y sobre todo la inhabilidad de los que vienen de la ciudad. Como no le queda otra, te lleva entonces un poco a su aire y mordiendo el freno y la bronca y como diciendo ahora vas a ver. Si llegás a darle cualquier orden -cualquiera: un taconazo furtivo, un arre, un laputaqueteparió- habrá sido como si nunca se la diste o como si se la diera el mismísimo diablo y entre otras muchas maldades puede tirarte al suelo e irse libre y relinchando. Y vos ahí, estropeado, perdido entre la polvareda. Mal negocio esto de montar al que prefiere echarse la siesta. Al que te dice lo tengo que pensar o dame un tiempo o dejame ver o estoy confundido. Mal negocio y mal futuro. Y mala suerte, también. Sin embargo, mientras avanza, aun molesto él por la poca importancia de tu figura, trota y puede que hasta galope. Incluso alguna tarde noche puede que ría. Ojo: no te confundas: ni caigas rendido en sus babas de padrillo: en sus crines al viento se resumen grandes metáforas. Tampoco es para él un juego. Pensá que vos, inocente y querubín, encaraste por el lado equivocado y te subiste a pelo en el momento menos oportuno. Caballo de calesita donde la infancia daba vueltas en redondo.

(38) Kilómetros

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Querés saber cuánto falta para llegar. Lo preguntás una y otra vez, impaciente. Cuánto cuánto cuánto. Tu insistencia te convierte en un nene de esos insoportables que no paran de agobiar. Pero ya no sos un nene. Y cuando lo fuiste molestabas poco. Pero ya no lo sos. Hace mucho que dejaste de serlo. Cuánto cuánto. Pensás -para entretenerte- que no te disgustaría regresar a los siete años. O a los nueve. A esas edades volver siempre significaba volver a casa. Recordás que para esa época la maestra de cuarto te encontró una hoja con dibujitos pornográficos. Eran garabatos absurdos que habías hecho junto a un tal Míguez, en algún momento en que la maestra se descuidó. Qué será de la vida de Míguez, te preguntás para entretenerte mientras el micro avanza con esfuerzo por una ruta desolada. El paisaje no es atractivo sino más bien reiterativo: no hay nada que puedas mirar: sólo campo y pasto y alguna vaca perdida que de lejos parece muerta. La maestra te prometió mostrarles los dibujitos a tus padres en una próxima y breve citación. Al calor de esa cimitarra en vilo, aquella buena maestra alemana con edad de jubilarse, te tuvo todo el año asustado. Míguez se reía: era medio gordito y de piel aceitunada y sus muecas lo perjudicaban bastante. Cuánto falta para llegar. Estás cansado y el viaje te parece infinito y los asientos del micro son asientos para morir. Volvés a preguntarle a tu acompañante cuánto falta para llegar, porque tu acompañante hizo este viaje mil veces y podría responderte sin siquiera mirar por la ventanilla ni consultar el reloj. Pero tu acompañante vuelve a cerrar los ojos y en posición de sueño te dice que intentes dormir, que todavía queda mucho, y que seguramente cuando eras chico volverías loca a tu madre repitiéndole mil veces cuánto falta para llegar a casa.

(39) Lienzos

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Al caer la tarde, más bien a la hora del crepúsculo, elegís tres o cuatro lápices y te ponés manos a la obra. Algo parecido al deseo te llena las manos y tus dedos comienzan la tarea de representar. Das alguna orden -muy vaga-, te acomodás y dejás que se acomode. Ves, fijás la vista, olés perfumes pero también fragancias de las que no vienen en frascos ni tubos de ensayo. Tus ojos sueltan flechas invisibles que apuñalan el pudor de lo que empieza a ser un cuerpo desnudo. No hay sofá ni silla o taburete: hay una cocina con ventanal por donde se cuelan sonidos desconocidos. Una cocina, elegiste. Una mesada o encimera donde lo representable debe trepar para más o menos recostarse y seguramente quejarse -con un gritito- por el siempre malpensado tacto frío. Tus manos trazan líneas indescifrables que van completando la percepción. Todo crece y se acumula en la memoria. Ya es un cuerpo desnudo el que va emergiendo contra el blanco de la tela. Escrutás la creación y sí: ya es. El otro, es decir el real y tantas veces movedizo, practica el difícil arte de posar. La tarde ya oscurece el cielo de la capital como en el año de la nube negra, cuando la población joven quiso escapar de la tormenta. Y negro es ahora el triángulo que intentás completar garabateando con rapidez sobre el imposible blanco. El imposible blanco y el imposible triángulo y en medio, sin criterio estilístico, el imposible negro. El cuerpo dice que te apures, y ríe. Vos ni te inmutás. Pero ríe inclinando la cabeza y su boca es ese agujero solidario. Vos ni te inmutás: vos sos ahora tus manos que de vez en cuando tienen dedos. Los olores también perturban y le decís que espere, que el crepúsculo es el mejor momento del día. Pero ríe y se mofa de vos y levanta una pierna a modo de gimnasta mientras te asegura que por la ventana entra un airecito que sopla directamente ahí, donde el triángulo malcriado se hace vértice y lo negro no consigue cubrir nada.

(40) Medicinas

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Cuando las condiciones estuvieron dadas, este fue el procedimiento que seguiste. Veamos. No herviste agua ni llenaste vasos con ella, no hubo infusión ni malos tragos: su cuerpo era de esqueleto sincero, blando y vengador, te dijo palabras sueltas que sin embargo volaron plácidas hasta tus oídos -y los oídos también deciden-. No disolviste el contenido de ningún sobre, todas las farmacias estaban cerradas pero no hizo falta revolver la pócima con cucharas de hospital: su boca resultó filosa en todos los sentidos y sus dientes sumados a su lengua, oh. Sumados. No hubo gragea alguna ni manosantas majaderos de atuendos estrafalarios. Suma-dos. No hicieron falta jarabes imitación gelatina. No hizo falta la imitación, las recetas. Recordás sus deditos rojos merodeando tus contornos con vocación alfarera. A veces soltás maldiciones clínicas, vos. Su cuerpo se anticipa y viene a verte. A veces, sentado bajo la parra del patio, cerrás los ojos y esperás paciente el milagro de la sanación, vos. Y mientras tanto, su frescura se aproxima en medio del verano -en ocasiones se desnuda, su ropa cae, sentís olores y el chasquido de los elásticos-. Enseguida viene lo mejor. La hostia partida entra, es introducida. El santo remedio son sus brazos sus piernas sus cosas. El santo remedio son madreselvas que te curan, que se enredan y te curan sin preguntar cuándo.

(41) Norias

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Entonces decile que no pare. Decile que siga, que gire y vuelva a girar y dé todas las vueltas que hagan falta para encontrar la salida perfecta. Que no te deje con las ganas, que vaya al frente con estoicismo, casi sin dudas, como lo hizo -con apenas quince añitos y el cuerpo intacto- aquella colegiala de cabello al viento, en cuya boca se quemaban los primeros tabacos de la adolescencia. Decile que no puede tener miedo porque el miedo es el hermano tonto de la derrota. Decile más cosas. Acordate que todo gira y que todo vuelve y que todo tiende a la miseria, a lo que está abajo y al final del camino. Acordate de la sonrisa en medio de la plaza, de su boca incorregible y buscona. Acordate de esa boca y de esa plaza y de esas tardes tirados en el pasto, con los cuadernos tirados en el pasto, a la que te criaste. Un bombero de yeso, sin dejar de mirarte, salvaba para siempre al niño del incendio. Decile que venga, que vuelva, que pegue un volantazo y gire en U aunque las señales lo prohíban y chillen las malditas ruedas. Decile que una voltereta bien dada -imaginá una voltereta bien dada, dale- sólo te saca al camino de la victoria. Cuando sube ves el mundo que dejaste, el mundo de perros flacos que huyen del hambre y de las patadas de sus dueños. Cuando sube ves todo lo que no querés que te pase: la soga al cuello, la heladera mal cerrada, un gol sobre la hora. Cuando sube movés el libro y esa lagartija que se escondía en tu biblioteca -entre el Materialismo Histórico y La Comunidad Organizada- sólo pudo ir hacia la muerte. Cuando sube el mundo real es perro y es flaco y la colegiala de los besos de humo es ahora una señora insoportable que te soba el cuello y te pregunta como llorando dónde está la plaza.

(42) Ñoquis

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Ese que está sentado ahí sos vos. Sí, vos. No te asustes y vení para acá: observá con detenimiento la felicidad que desprende tu rostro de niño, tus manitos de niño, tu ropa que pronto pasará por el cuerpo de cada uno de tus hermanos. Vení: no te vayas ni te asustes ni te sorprendas: esto es la máquina del tiempo. La carísima e inaccesible máquina del tiempo. Así que vení: mirá tu boca virgen y la despreocupación que se dibuja entre los pelos mal peinados de tu cabecita todavía cargada de inocencia. Sos vos: estás sentado en aquella punta de la mesa. Comés. Es domingo y hay un hombre que es tu padre y unos chicos más chicos que vos distribuidos sin orden de derecha a izquierda. Son tus hermanos. Y una mujer -tu madre- que todavía no se sentó porque va y viene de la mesa a la cocina hasta que de pie sirve una porción en cada uno de los platos. Los platos son la clave de la felicidad del niño. Y el niño sos vos, acordate. Alguno de tus hermanos también sabe lo que va a ocurrir cuando termine de comer esas pelotitas que remueve entre la salsa. Es domingo pero sobre todo es 29. La tradición manda. La claridad del mediodía rompe desde el ventanal enorme que tenés sobre tu espalda. Y aunque querés hacerlo no lo hacés. No te apurás a terminar. No. El hermanito que conoce ya la tradición te mira y hace una mueca sigilosa pero compinche. Las pelotitas están ricas. La salsa es la salsa que siempre está rica. Pero es 29 y querés levantar el plato porque sabés que ahí, entre la loza y el mantel floreado que cubre la mesa, ahí, seguramente caliente y doblado al medio, te estaré esperando el billete mágico que puso alguna de las cuatro manos mágicas y laboriosas que muchos años más tarde -después de tanto trabajo- no iban a saber coincidir. Y pensás, ahora, lejos y sobrecogido, que la máquina del tiempo tendría que ser más barata.

(43) Ojos

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Ven y te ven. Son ellos los culpables, los que te inoculan el veneno de las pruebas, los que se esconden adrede para que tengas esas pesadillas macabras de donde te rescata siempre la bienvenida vigilia. Párpados aliados que te traicionan con su jugueteo de persianita fácil. Párpados tardíos, remolones. Ven y te ven. Y vieron. Ellos y no vos fueron los que vieron la luz amarillenta en la ventana aquella que nunca debiste permitir. La mujer estaba de pie: sus brazos representaban la mudez. Pero ellos no quisieron darte tanto: sólo a la mujer de brazos caídos, quieta, como esperando comulgar o que la comulguen. Ven y te ven: y vieron y te lo inyectaron desde sus agujas transmisoras. Vieron el brazo -perfectamente guionado- que empuñaba un filo. Nada más que el brazo con ánimos de llegar, de alcanzar, de mezclarse en la silueta oscura que se dibujaba en aquella ventana que nunca debiste permitir. Era la luz amarillenta enmarcada en un rectángulo. Y las siluetas con acción de unirse. Y podrán pasar todos los inviernos del mundo que vos no vas a conseguir descartar lo que ellos te infundieron sin siquiera consultártelo. Ellos, los que ven y te ven. Ellos: los culpables, los que captan y guardan y rectifican o refutan de modo obligado en tu cabeza. Ellos viven en tu cabeza. Se mueven como insectos y siempre es tarde para negarles el acceso y clausurar los párpados.

(44) Pirámides

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Vas poniendo las piedras una a una sobre un cuadrado medio cachuzo que trazaste -con tiza- en la explanada. Cada piedra pesa lo que pesa el tiempo y arrastrarla te supone contar los segundos, los minutos: el tiempo, que siempre son sudores. Pero ahí vas vos: fiebre y nicotina en un rinconcito de la almohada. La segunda parte es todavía peor. Y peor todavía será la tercera y la cuarta y la decimoquinta. Ya lo sabés: siempre lo supiste: alzar las piedras para colocarlas en el lugar exacto, una a una, trepar con el peso a cuestas hasta alcanzar el nivel y sólo entonces soltarla. Vas y venís, vas y venís. Vas cargado pero volvés sonriente, paciente y consciente de que pronto, cualquier día, al volver con el único peso de la sonrisa y la paciencia, verás que solamente queda una, la última, la que corona y hace pico y completa. La mejor: la que abra con una llave rota el candado milagroso de lo que siempre quisiste ser.

(45) Quijotes

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Hay una fuerza oculta que te empuja a querer evitarlo. Te arrastra, más que empujar. Y te lleva de la mano, como si caminaras por un parque descuidado donde habitan todas las causas del mal. Hay una fuerza misteriosa que te arrastra. Su potencia -inusitada- también te destroza. Resistís. Se trata de un partido de ida y vuelta con alargue y definición por penales. Caballo de lata y armadura de letras, lanza palo arriba que clavarías con ganas en el corazón de la injusticia. Porque sólo la injusticia -la sensación de saber su existencia, por más remota que ésta sea- es el eslabón que separa a los hombres voluntariosos de los otros, de los que miran temerosos y sarcásticos por el agujero hueco del pretexto. Miran: ven penas ven hambre ven desolación: se inventan excusas y se desentienden: en el fondo de sus bolsillos está la semilla de su propia destrucción. Resistís. Compañeros tuyos erraron sus penales y es difícil consolarlos. Todavía hay tiempo de revertir todo. La fuerza te hace justo: el rival sólo tiene dinero: vos, vos tenés todo lo que hace falta. Caballo de lata y de galope audaz. Sólo la voluntad ganará la batalla -perdida por afano- de los treinta mil años. Por ella y por su lanza gloriosa, por el rinconcito aquel de la selva boliviana, quedaron mal parados los brujos ciegos que apenas si espían por el agujerito mentiroso de la culpa.

(46) Regalos

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También contar, que te cuenten algo. Cualquier cosa que haya acontecido alguna vez, en el pasado muy pasado o en el otro: en el reciente: este mismo año, ayer, incluso anoche. Incluso recién. Pero también cualquier cosa que no haya ocurrido jamás, te referís a una mentira o invento: práctica tan común para la mente humana. También contar, que te cuenten algo, lo que sea, lo más insólito y lo más grotesco, lo que no harían ni vos ni nadie nunca. Lo impensable. Cuando te contaron esto o aquello, acordate -verdadero y punzante-, algo que no era tuyo comenzó a serlo de un modo rotundo y forzado y lamentablemente eterno. Si te lo cuentan, te lo dan: sea esto por las buenas o por las no tan buenas, a veces ni siquiera es adrede. Y a diferencia de lo tangible, lo escuchado y hasta leído no podés ya devolverlo. La casa no tiene devolución. Ya fue, es tuyo, tomá. Te lo doy, tomá, agarralo. Escuchá, escuchá esto. Tomá. Escuchá. Jodete. Ya lo sabés y desde este momento siempre lo sabrás. Distinto fue -a la sazón muy distinto- lo que hiciste con tu último secreto.

(47) Sirenas

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Viene nadando con su cola fluorescente desde por lo menos junio del 73. Porque viene a buscarte. Porque es para vos. Y porque vos sos su -clamoroso- destino: su nido y su descanso. Así está escrito en el libro de la gratitud. Su perfume flota entre los cabellos dorados y nunca es invierno en aquellas aguas claras. Nunca. Nada y nada y nada superando difíciles escollos, esquivando la maldad y las jornadas electorales. Y las turbinas que la revuelven. No hay pez que la convenza para abandonar su cometido de llegar a vos. En las noches heladas, esconde sus escamas en el fondo de cierta cueva oscura. Se arropa el torso hermoso y desnudo con esos brazos que aparecen en tus sueños. La soledad la pierde. El miedo le seca la cola pero no desiste. Porque viene a buscarte. Porque vos sos su único destino. Porque te seguirá buscando aunque la marea la arrastre a otras latitudes, aunque su perfume la convierta en presa fácil de analfabetos depredadores, aunque vos no consigas darle cuerda al faro que por fin oriente su aleteo.

(48) Tumbas

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Te dicen tumbero y no me extraña. Vivís en una tumba, en una cucha, en una cueva, en un pozo acovachado y sin llanto. Soldado covachero. Vivís dentro del santo sarcófago que te protege del mal, aunque al mal ya no le importes. Aunque al bien ya no le importes. Algunas veces abrís la puerta para ver el color de la tierra, que siempre es húmeda y oscura y lacerante. Querías que fuera rubia, la tierra que besa tus pasos. Algunas veces abrís la puerta: chillan las bisagras, huelen los hierros, el sol camina por tu recuerdo pero es tan trucho y de papel glacé que su brillo no consigue engañarte. Vivís encerrado, tumbero. Sos el encierro que palpita por tus venas de muerto, por tu piel tajeada de muerto, por la cavidad -hoy vacía- donde alguna vez tuviste ojos con párpados y movimientos del querer. Tumbero de tumba y de tumbado. Hace muchos siglos que no sos vos. Que no sos soldado. Que no sos aquel soldadito de la patria mía que volaba de palo a palo para evitar un gol imposible. Te dicen tumbero y no me extraña. Bajo la peor lápida descansa el hombre inmortal.

(49) Umbrales

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Pie que se acerca y pisa y se detiene frente a vos. Una imagen concreta, conocida. Que viene. Que viene y se acerca y te dice hola y se detiene por un instante frente a tu puerta. Eso te alegra. Te dice hola y después más cosas. Avanza. Avanza y vos pensás que de verdad avanza y que de verdad viene pisa y se detiene. Pero se va. Pie que se acerca a vos. Pie que se alejará de vos, en breve. Golpea la puerta y vos -siempre- le abrís. Golpea la puerta y viene y se acerca y se detiene y te mira. Te dice hola. Y vos siempre esperás a que la imagen concreta conocida venga y te golpee la puerta a su antojo. Abrís. Vos siempre abrís. Pie que se acerca. Y vos te alegrás cuando se acerca. Golpea siempre la puerta en momentos extraños, como si estuviera esperando esperando a que te alejaras y entonces viene y se acerca. Y vos abrís y la dejás pasar y estás contento de que haya venido y hasta entrado. Pero se va. Siempre se va. Se aleja sin dejar rastros y sin explicarte por qué se aleja y por qué no deja rastros. Y cuando vos querés o podés ya alejarte -tarea que te cuesta- entonces otra vez viene y te dice hola. Pie que se acerca y pisa y se detiene ante tu puerta. Golpea cuando le da la gana y vos le abrís. Después se va y ya nada te dice: sólo se va porque sabe que puede acercarse a tu puerta cuando se le ocurra. Y que vos le vas a abrir y la vas a recibir. Una imagen concreta, conocida que viene y se va. Pensás que debería empezar a cuidarse porque pronto, cuando parezca que te alejás será que te estarás alejando de verdad. Y cuando venga y pise y se detenga y golpee la puerta. Esa vez. Pie que te miente. Ya no le abrirás.

(50) Visiones

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Nunca nadie pudo hacerlo, pensaste. Y pensaste: cuántas palabras hubiésemos callado de haber sabido el resultado o las consecuencias. Palabras, pensaste. Y pensaste: cuántas miradas hubiéramos esquivado o buscado, cuántos silencios hubiésemos roto quebrado y espantado con una frase devastadora que por alguna extraña razón no pronunciamos y que aún hoy continúa dándonos vueltas en la cabeza. Miradas y silencios, pensaste: todo lo que hace falta: miradas y silencio. Y pensaste: cuántas puertas no hubiéramos golpeado jamás y cuántas otras no hubiéramos cerrado con tanta prisa, cuántos sermones estúpidos no hubiéramos fingido escuchar y hasta lamentablemente aceptar o consentir. Puertas y discursitos, pensaste. Y pensaste: cuántas manos ingratas no hubiéramos -ilusos nosotros- estrechado. Cuántas veces el río que suena, pensaste. Es decir amistades: cuántas amistades hubiéramos intentado entablar o sostener o que no nos traicionaran nunca, ni siquiera con una sandez de las fáciles de perdonar. Y pensaste: cuántos momentos de absurda vigilia hubiéramos canjeado cambiado reemplazado o permutado por santo sueño, por el sueño santo que todo lo cura. Aunque también pensaste: cuánto sueño tan anodino hubiéramos cambiado reemplazado y trocado por atenta y fogosa e inolvidable vigilia. El sueño y la vigilia, pensaste. Y pensaste, además, cuántas veces habría sido mejor agachar la cabeza, recoger el mentón, no hablar, no retrucar, no mover los labios ni mucho menos la traicionera lengua que en tantas ocasiones nos condena. En lo que nos condena, pensaste. Y pensaste cuántas veces no hubiéramos vuelto la espalda ni puesto la otra mejilla ni escondido el brazo que responde o participa. En las manos, pensaste. Y pensaste cuántos cuerpos hubiéramos recorrido más y mejores veces -con esas manos- si nos anticipáramos a lo que ya no se puede modificar ni cambiar, porque nunca nadie pudo hacerlo, pensaste.

(51) Whiskys

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No te lo tomaste. Ni lo pediste. Te lo sirvió el cuerpo que cinco minutos después se acostó boca arriba en el borde del sofá. En la televisión seguía avanzando la película que no terminaron de ver. Y vos no te lo tomaste. El vaso era ancho y pesado y tenía hielo. Frío el contorno y alcoholizado el aire: la calefacción -como la película y tal vez como el pasado- ya no importaba. No te lo tomaste. Te lo sirvió riendo. Preparó dos: uno para cada uno. Dos. Dos: el número que permite dividir a la mitad de todos los números. Dos. Dos vasos y dos cuerpos y dos cubitos de hielo que tintineaban como campanitas en la noche. El cuerpo ahí sobre el borde del sofá, mirándote y pidiéndote desde sus ojos grises que te lo tomaras. Y vos te negaste sin utilizar palabras. No te lo tomaste y tampoco se lo pediste. Ni mucho menos esperabas a que sin dejar de mirarte comenzara a sacarse todas y cada una de las prendas de vestir que cubrían –y protegían- esa piel leche y mermelada que enseguida quedó expuesta. Leche y temblor. Leche y calor. Leche en el invierno que quema. Leche y vos todavía de pie, con el vaso lleno y la paciencia exigua. No te lo tomaste. O sí. Si te lo terminaste tomando de a sorbos largos cuando todo el contenido del vaso que te preparó sin que se lo pidieras lo fuiste derramando sobre la piel leche que se iba estirando más y más sobre el sofá.

(52) Xenofobias

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El chino que vende los pollos flacos -asados- en la esquina de tu casa no es chino: es tailandés. Pero te da igual. El otro día fuiste a decirle que a ver cuándo iba a traer pollos de tamaño normal y el chino soltó una sonrisa que lo mismo valía para decir sí que para decir por qué no te vas a comprar a otro chino. Después le pediste una lata de gaseosa de regalo. El chino te la dio: la oferta era esa y te la dio. Pero tuviste que pedírsela. Vende barato el chino. Y pregunta poco. Nada, no te pregunta nada y comprarle los pollos flacos con la guarnición y la lata de regalo es facilísimo y rapidísimo. Tiene una calculadora en el cerebro que le impide equivocarse aun bajo cualquier tipo de presión, sea esta económica o espacial. También vende carne asada. Carne de vaca. Pero eso ya no se lo comprás porque el mito te lo impide y porque de la cocina -siempre que vas- salen miles de chinos y chinas y chinitos constantemente. No saludan y se empujan bastante cuando coinciden detrás del mostrador. Ah, y no son chinos sino tailandeses. En la otra esquina de tu casa hay una rotisería atendida por sus dueños. Son argentinos. Gritan y hacen chistes absurdos mientras atienden a la clientela. Fuiste una vez: era invierno y la noche se te había venido encima como una nube de polvo. Compraste empanadas y una fugazzeta chica. No regalaban nada. Ni la hora. Y te cobraron caro: pagaste con un billete de cincuenta y al otro día, cuando quisiste pagarle al chino de los pollos flacos, caíste en la cuenta de que te habían dado mal el vuelto.

(53) Yunques

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Es lo que pesa: tu valor. Es lo que tiene: tu coraje. Valor y coraje viajan juntos en el epicentro de tus átomos. Hierro que golpea el hierro, lanza que flota y también golpea. El hierro. Corazón golpeado con brazos y piernas incansables. Firme y paciente. Prisma de hierro acerado. Manos santas -laboriosas-. Así sos. Pero en tu lanzadera metálica dejaste pasar lo que más querías: los paseos jubilosos, las tardes jubilosas y ardientes, la ilusión, el hilo de la memoria. Dejaste de volar porque el recuerdo te anega tontamente. Dejaste después de tanto luchar, de tanto arriesgar, de tanto. Dejaste de buscar, también: de crear: de posar tus ojitos firmes y pacientes en el verdadero supermercado de la vida. Seguí siendo asidua, perseverante. Seguí siendo alma y motor y placer. Seguí. No te olvides del mar. De lo que fuiste. De lo que todo el mundo sabe o intuye. Sos valor y coraje. Rescatalo y rescatate. Eso es el mar. Eso es el hierro. Eso sos vos.

(54) Zonas

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Entonces, decidido y mal pensado, querés saber qué parte es la que está muerta. Cuál. Eso es lo único que te importa: entender qué fragmento segmento pedazo o vínculo es el que ya no funciona, el que se quedó petrificado en un momento que no supiste descifrar. Por qué ocurren esas cosas, querés también saber. Por qué te despertás un día y sin el menor atisbo algo se empieza a desintegrar para siempre. Algo deja de existir; de tocarte -aunque te toque- para siempre. Algo que era tuyo tan tuyo. Algo que te atañe a vos pero que sin embargo te es ajeno a la hora de la comprensión. Te habla te dice te promete te escucha: ve películas inteligentes y canta bajo la ducha. Pero no las ve con vos ni canta para vos. Te separa una zona muerta y te da miedo saber que todo lo muerto muerto y enterrado está. Bendita y maldita comprensión tuya. Analfabeta. Ignorante. Trémula. Bendita y maldita entre las sábanas, con su vocecita que esconde lo que vos siempre pediste escuchar.

viernes 3 de octubre de 2008

· arder en tercera ·

(55) Anillos

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La indiferencia siempre fue su fuerte: su parte menos vulnerable: su alternativa y también su modo de sobrevivir. Es un dictamen, una sentencia, un martillazo que da contra la madera del estrado. Palo y hueso, fósforo y oscuridad. Entonces nunca más nada es igual. Su dedo anular tarda en liberarse pero el día menos pensado: la inapetencia absoluta, la autoexclusión absoluta: el olvido que siempre es absoluto. Como si nunca nada hubiese sido. Como si nunca nada en este mundo. Suavecita y mordaz, almita y sinrazón. Desaliento. Peca su mano clara de fácil abandono. Peca y huye y ya no regresa a la bisutería del invierno. Aplica con pericia la inyección de la indiferencia. Y ya no regresa. Da su parte de adelante y por poco cualquiera se la cree. Cualquiera reemplaza y cualquiera viaja en su regazo congelado. Habla y calla: sueña y corta. Suavecita y virulenta: su dedo anular pesa poco en el almanaque de los compromisos.

(56) Babeles

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Después de mirarse, de naufragar por los contornos, ninguno de los tres supo explicarlo con palabras. Qué difícil resulta unirse, amalgamar. Qué estorbo la sordera, el desencuentro. Después de mirarse. El silencio. Hubo un tiempo de claveles, de matusalenes, de espejismos postergados. Un tiempo plano y bastante lisonjero que lamentablemente los unió. Habría que haberlos visto cuando los claveles. Habría que haberlos observado. Uno de ellos dijo gloria a dios en las alturas. Y los otros no lo comprendieron. Otro de ellos quiso escapar: lo intentó cruzando valles y praderas y el río ese que se abre y después ahoga. El tercero en discordia agarró un cuchillo y con su filo. Con su filo cortó el aire y el color de los claveles. Y la mejilla del fugado. Hoy ya no discuten. No combaten. No dialogan. Y no se miran. Gloria a dios en las alturas, estimados satanases: la tierra se pudrirá bajo sus pies. La tierra y el vino. La sangre. La hoja de parra que aquella señorita dejó caer para que la desearan. La hoja caída y el ángel furtivo. Manzana montonera que todos mordieron sin saber.

(57) Cartografías

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La esquina que los espera tiene forma de ataúd, de cajita musical, de acantilado. Su ubicación es más bien arrabalera: algo escorada entre los barrios que ninguno de ellos quiso pisar jamás. Su ubicación, entonces: olvidada en el mapa: más bien desconocida. Y sin embargo: para allá sale una calle, para allá otra. La calle sur desemboca contra el chaperío de una villa miseria, cuyo jefe o cacique se apoda también Miseria. Pero ellos no lo saben. Lo ignoran. Y el apuro los convertirá en carne tierna. Y no hay cosa más bienvenida que esa para los señores miseria. La carne. Mordiscón entre los arbustos. Olor a humo sobre las brasas del que vive agazapado. La calle norte no lleva a ningún lado. La esquina que los espera no es la esquina de nada y debería estar maldita. Caminen y busquen. Busquen que ya están absolutamente perdidos. Miseria con mayúscula, tantas vocales: qué pena olvidarse la brújula en las noches de tormenta. La esquina que los espera tiene forma de cementerio si no se la visita en horas de oficina, cuando los perros callejeros se entretienen hurgando en la basura. Porque ignoran. Porque ignoran que esa misma noche, de frente al chaperío, morirán flacos y congelados.

(58) Disfraces

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Cada uno tendrá sus motivos. Cada quien a la hora que lo considere. Cada cual. Nunca importa el día de la semana, el mes. Hubo un aniversario que festejaron en el faro del fin del mundo. Motivos suficientes tienen todos: para calzarse la mascarilla veneciana, el pilotín verdolaga, la capa, la careta. Todos. Cada uno de los hombres y cada una de las mujeres. También los que no son nada de eso: los que se sienten opuestos a lo que alguna vez creyeron ser. Los que tienen sed. Los que se pintan el rostro o se colorean el pelo o se camuflan en la noche descalza. Quién puede tirar la primera piedra. La otra mejilla. Quién está libre del inflamable mal. Quién no dijo nunca no tragaré una sola gota de este líquido. Y después tragó. Quién no se escondió alguna vez debajo de la cama. Quién no esperó a que pasara el temblor. Todos tienen razones de sobra para mudarse de pueblo, para despreciar al invierno, para cambiarse de sexo en una clínica artera. Espían por la mirilla y se quedan quietos, silenciosos, invisibles. No importa la hora ni el mes ni la semana. Siempre es tiempo. Camaleón distraído. Patitas veloces en el arenal del desierto.

(59) Espejos

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Y ella sale a buscarlo. Ya se observó se escrutó se admiró se asombró y hasta lloró entre el vapor que nunca terminaba de irse. Se pega, pensó. Cómo refleja, también pensó. Y vio, así, ella: que podía salir a buscarlo. Que con esas muecas y esa gracia y ese sueño. Sería imposible que él se negara. Y ella sale a buscarlo. Mueve su cuerpo como si el viento o la memoria. La arrullaran. Sale en busca de. De. De lo que quiere. Tenerlo, quiere. Tenerlo es todo lo que quiere y desea. Acaso besarlo o tan siquiera abrazarlo. Así va, entonces, por el empedrado, con su cuerpo de sirena o sirenita que marca el límite entre el sol y la sombra. Entre la moneda ingrata y el bombero gaucho. Entre un estornudo y un picor y un final del juego. Así. Sale a buscarlo. Muy segura ya de lo que vio mientras se peinaba. Mientras caía la tarde y el frío de este mes mal ubicado. Muy segura y tan confiada. Ciega, graciosa, huidiza: todo mezclado entre el vapor. Y ahora los adoquines de su calle empedrada enseñan el camino. Sería impensable que nadie se negara. Sería como el sacrilegio ese que pregonan en las casas con cruces. Sería una tumba sellada, la negación. Una zancadilla. Pero ella ya se asombró admiró escrutó observó. Antes. Y lloró. Lloró para sus adentros imaginando que él ya no existe: que todo es un reflejo: y que la verdad suele mezclarse tanto con el vapor.

(60) Fechas

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A B y C, decía el libro en la página 192. Marmota desorientada. A B y C como puntas, como vértices. Como filos. Como eslabones inseparables pero también como ciertos esqueletos. C, sobre todas las cosas. Entonces él con una frazada. Temblando. Pidiendo a gritos que lo dejaran solo. Que nadie vio lo que él sí vio sobre aquellas vías azuladas. Que tendría que haber subido a otro tren. Que el vagón repleto contra ese árbol testigo. Y que ya puede irse el señor enano a pelar bananas. Banana bananero: siempre es ese día en su cabeza. Esa mañana cruel. Ese porqué. El almanaque traidor que pregona y vaticina. Un número, un compás, una estación. Una receta infaltable contra lo que no se puede borrar. Contra lo que aprieta y suena y derroca. Y permanece. Silueta perversa más allá del vidrio esmerilado. Ventana ventanita: no habrá más penas ni olvido. La página 192 volverá y retomará. Su recuerdo. El esqueleto de los meses negros. La sangre regada. Arde la placenta donde A B y C dejan las bombas que diferencian el sueño de la santa vigilia. Por los siglos de los siglos. Y la marmota ya no huele dónde queda la primavera. Ni cuándo vendrá. Ni si quiera si alguna vez vendrá.

(61) Gérmenes

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Muestra rencor: sentada, esperando. Muestra fatiga. Tiene alma de prisma y los ojos separados entre sí, como si avanzara demasiado rápido sobre el contorno de las cosas. O como si las cosas le hicieran mal de sólo mirarlas. El mal le ensucia el aire, entonces. Hay ceniza bajo el incienso y un brillo extraño en el centro de los girasoles. Que puede ver con sus ojitos vivaces. Ver sin ser vista. Mutilada de golpe y porrazo. Enceguecida humanidad que huye flotando o por qué no volando a la prehistoria del problema. A la zona cero, al origen. Al momento exacto en donde ella, acaso sin saberlo, desvió para siempre el rumbo de su vida. Errado desvío en el pasado pisado. Ahora: sentada, esperando. Ahora. Fatiga y rencor. Imposibilidad. Absolutismo. Pasado pisado emergiendo constantemente sobre el contorno de las cosas. Sus pupilas voraces se contraen. Se expanden. Sufren, diríase. Con todo: con ese fuego y esas reglas y ese encuentro, son bichos corrosivos lo que desprende su aliento. Su papel glacè metalizado. Su honor perdido y la dicha aquella que le entraba en el cuerpo como una espada justiciera. Inocente dragón asesino. Inocente y castigado. Tiene el castigo tatuado en el cuerpo: la tinta oscura le quema el porvenir. Y el porvenir se incendia. Y el porvenir desaparece. Ella es su propio porvenir. Y por lo pronto ella misma se enferma en el pantano.

(62) Hogueras

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Quemados y quemeros viajan juntos por la autopista del milagro irreversible. Van algo arengados. Siempre resueltos. Ogros de la memoria internados en el hospital del sur. Entre las canaletas y el baile de egresados: en el agujero exacto de ese despertar. Quemados y antiquemeros. Cuervo que vuela vuela. Pelotazo en el travesaño y una pierna salvadora en el filo de la línea. Momento de fina estampa. Cada domingo se prende fuego el viento de sus flequillos. Cada domingo. Cada minuto y cada segundo en el segundero tac tac tac. Existe un cuadrante y unos leños secos. Existe un pasado. Una esquina. Existe el mero sentimiento: uno que arde y se aviva y se convierte en llamarada. Quemados por la llamarada. La posibilidad de cambio se consume y nunca llega al otoño. Pero ellos lo ignoran. Vieron el cambio y viajaron raudos por la autopista del no retorno. Ahora amanece. Y más temprano que tarde todo será ceniza.

(63) Ídolos

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Quiso soplar. Que sople todo el viento del mundo. La ráfaga del este y también la brava del oeste. Que vendavales norteños o sureños. Todo lo arrastren. Que los males se vuelen se eleven se pierdan con la fuerza de lo que no se tiene. De lo que nunca se tuvo. Quiso. Una vez. Y armó con tal fin una galaxia. Seria. Acordonada. De aspecto estrafalario. Armó un corral inmune a las afecciones del invierno: siempre dispuestas a doblegar el humilde antibiótico. Y quiso soplar. Que sople todo el viento del universo. Que de los cuatro puntos cardinales resurjan las barbas de la santa utopía. Quiso. Para que los males conocidos e intuidos ya no puedan desplegar sus garras seculares. Quiso. Una vez. Cuando el viento y la memoria, tan hermanos en tiempos remotos. Entonces alzó la voz: su brazo glorioso y fuerte. Entonces señaló ciertos molinos: el enemigo acechando en el carrusel del aspa. Quiso. Esa vez. Agazaparse en la inmensidad del silencio. Y en la selva clorofílica. Barbita utópica que predijo el futuro. En el pasado: este parabólico presente. Alma circular y gitana. Conductor del camión perdido. Y una pared de adobe donde descansan las balas del nunca jamás.

(64) Jinetes

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Pero él fue. Volvió. Otra vez: con su bandolera escorada y triste. Resuelto. Montando su alazán preferido que al galope corta campo. Pechito inflado por las ganas, muñeca tensa de voluntad y arrojo. El viento que deshoja la margarita. Venga a nosotros tu reino, pensó abrigado a las crines tan azabaches, tan preferidas. Pobre príncipe expulsado. Venga a nosotros tu peso. La culpa. También pensó en la culpa: en la mañana horrible y en la profunda despedida. Pobre príncipe de corazón inflado. Pobre el que monte a pelo en los años de luna luna. Pobre de él. Cortando el campo fue. Resuelto: a reconquistar el trofeo al que una mañana le dio la espalda. Así fue el expulsado de bandolera escorada. Imaginándola. Imaginándola boca arriba. Brillante contra la torre. Llamándolo. Pidiéndole. Instigándolo. Y fue, por supuesto. Ardiendo. Él. Querubín resuelto y percherón. Volvió a ir. Él. Para demostrarle que sí podía. Que la noche suena descalza cuando el oído mucho se esfuerza. Y él fue. Volvió: una vez más. Culpa de las culpas. Cuando ella ya no estaba.

(65) Kilómetros

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Claro que la hora indicada puede ser cualquiera. Madrugada y tarde o amanecer. Crepúsculo. Alba. Claro que mañana estará ella flotando por la ruta del manicomio. Claro que nadie podrá encontrarla. Su ángel le marcará los pasos y la brisa el parpadeo. Qué nadie le diga dónde está su amiga. Que nadie se atreva. Que las distancias sólo sean un cálculo erróneo. Claro que duerme la niña en la fragua lorquiana: en el vientre que crece y crece. Duerme la luna: sus senos, el estaño platinado. Claro que ve un puntito en el horizonte, una guía. Por eso avanza. Cualquier marca en el camino y cualquier sonajero. La hace avanzar. Cualquier atisbo, por mínimo que sea. La estrella alumbra el pasadizo por donde transitan las ilusiones. Hay una sombra. Una desdicha. Una ventana cuyo cristal permanece empañado. Se hace visera con la mano, rodilla en tierra: traza con la mirada el destino de su vientre. En un rincón del firmamento está la estrella rutilante. Todavía. Y en el arcén, mutilada contra las cuerdas, la carroza que espera continuar con su paseo.

(66) Lienzos

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Tuvo que explicarle lo difícil que era. Acercarse a ella: apabullarla con instrucciones de corte y confección. Mirarle las marcas, el cuerpo. Los contornos del cuerpo. De vez en cuando los vértices y, en última instancia, el rictus de su planicie larga e inexpresiva. Tijeretazo veloz. Fuerza de voluntad acurrucada contra la almohada. Sol de medianoche. Sol. Pinceles que se mueven como dedos. La página en blanco delata. Ahuyenta. Criba. Rompe. Rasga. Tuvo que explicarle lo difícil que era plasmar una figura tan hermosa: detectarla al voleo y meterla en un frasco. Cerrar el frasco. Atraparla. El imposible blanco es su verdadera cárcel: el origen y el desamparo pero la única salvación. De vez en cuando los vértices. Los contornos del tijeretazo. Un pronombre bien colocado y cierto adjetivo. Gota de firulete derramando prosperidad. Coma u otro nexo coordinante. Suspiro voluntarioso. Tuvo que acercarse a ella y susurrarle muy despacio para que no lo delatara. Tuvo que mimarla entre los renglones: usar las mejores acuarelas. Los mejores tonos. Las mejores letras. Muere el imposible blanco. Va muriendo según se suceden las puntuaciones. Los parates. Los descansillos antes de continuar. Sopla la oración triunfal un murmullo de despedida: inquieta y prudente. Sopla el último párrafo sobre la gloria del maniatado. Soplan sus pinceles ganadores. Ventilados contornos del alfabeto bien usado.

(67) Medicinas

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Fumaba sentado aquel muchacho de armas tomar. Peleaba junto a un escuadrón de insectos acostumbrados a la derrota: al cero-uno en tiempo de descuento, al minuto fatal que noquea y sobra y obliga. Juntos recuperaban durante día todo lo que incondicionalmente perdían durante la noche. Cruel la noche. Cruel y perfumada en el cuadrilátero de una isla. No había pócima salvadora. No había mejunje de esos que redimen o calman. No había casi nada. Un poco de hambre y un mucho de niebla. Y un muchísimo de incertidumbre: de no saber qué mal traería la oscuridad de las horas. Y fumaba escondido, el muchacho. Después de cada batalla: a pie de cerro o a orilla de mar. Con el caer y el tronar de una bomba. Con el resplandor. Con el eco del último grito. Con todo eso y los insectos y los zumbidos. En su cajita de lata dormían las píldoras del sueño eterno. La varicela de los nueve años. El retrato de una novia. Quiso olvidar y no pudo. Quiso regresar y no pudo. Quiso abstenerse: rodar volar fumar cantar. Viajar. Y no pudo. Escuadrón de insectos sumergidos en la derrota. Caja maravillosa repleta de píldoras esclarecedoras. Dónde sería posible encontrar el túnel. El hueco, la salida. Dónde va a parar la memoria cuando la noche se hace madrugada. Cuando el perfume y la pólvora. Cuando la sonrisa de una mujer se queda tan pegada al celuloide. Dónde queda el ministerio de defensa. Cuál es la receta para mantener la calma durante el interminable invierno. Fumaba dentro de la cueva, el muchacho. Ausente el remedio, pegajosa la culpa. Mar y cerro recortándose mutuamente. Fumaba y pensaba. Aquel ceniciento de armas tomar. Junto a los insectos. Rodeado de ellos. Sin túnel ni hueco ni salida. Sentado y sabiendo que iba a morir.

(68) Norias

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Huyen como locos de la puerta de una casa. Del granito del umbral. Sueltan el picaporte: encuentran la vereda: la esquina: el terraplén. Se esconden del ángulo de visión de la mirilla y nunca más el timbre. Nunca más la prisa, el desconcierto, la locura: el momento exacto en donde se fecunda el óvulo dispar. Gemelos diferentes, sangre que ensucia la costura del pantalón. Flota la túnica contra el vientito y los pregones. Ama la mano. Aman los cuerpos. Todo vuelve a comenzar en el espiral del tocadiscos, de la calesita, del plato que vuela seco hasta que estalla en mil pedazos. No habrá más timbres ni olvido cuando alcancen el motor de su desgracia. Pero huyen como locos de esa puerta y de esa casa, donde habita la viuda joven que llora desquiciada en su lecho de flores.

(69) Ñoquis

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Cae la máscara en el día esperado. Unta las manos, abriga el billete. Dice que brega pero no lo hace. Dice que concurre pero no lo hace. Incurre y burla y engaña. En su despacho duerme el silencio del que no está: del que no viene ni vendrá nunca a menos que el almanaque se embadurne de dinero. Dedo amigo señalando y mordiendo. Sonrisa cómplice que saquea el cofre de la gente. Parasitismo atroz. Tenga palabras alusivas para esconderse del delito, del encubrimiento y de la sinrazón. Asociación de mentirosos que ganan la copa desafío. Pueblo lacayo que sufre el descenso en cada jornada, en cada partido que pierde de antemano, en todos los gritos de su hinchada morbosa. Pueblo lacayo tan golpeado por marionetas sangrientas. Inolvidables y sangrientas. Cuántos inviernos soportaron tus calles, tus fauces, tus plazas: los árboles pelados que enfrentan al fusil. Cuánto delirio seguirás homologando. Hay una orquesta típica llorando en la alameda. Hay un cautivo inútil, una medallita sincera con la virgen de luján. Cuesta el aprendizaje y se destiñe el porvenir. Se mancha la pelota y el guardapolvo. Se deshojan los laureles, uno a uno, lenta e inexorablemente. Pobre gorro frigio. Pobre escarapela.

(70) Ojos

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Como si fuera domingo. Como la espada vengadora que algunas veces condena y otras arrecia y tantas veces perdona. Como un tren cuando se detiene. Como una luz en medio del camino, cortando la niebla. Como el milagro que siempre ocurre al despertar. Como si fueran ellos los que olieran el perfume contra la almohada, la piedra contra la carne, la brisa y el ventanal. Como si fuera tarde y domingo. Como si fuera, además, invierno cerrado. Como si alguien contara los días. Y en una casita de montaña se consumiera el último leño. Como un gladiador agonizando, entre vítores que de a poco va dejando de escuchar. Como un cuerpo embarazado. Como un cuerpo despreciado. Como una sombra. Así. Desde una posición privilegiada. Y con los párpados coloreados de celeste.

(71) Pirámides

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Es algo parecido a una tormenta: al agua cayendo como varillas desde un lugar bucólico y seguramente mal pensado. Al agua cayendo contra todos los toldos. Contra el pasto y la tierra seca y por qué no la arena que lame el mar. Y por qué no el asfalto. Sobre un paraguas bicolor que avanza por la ciudad. Algo de oscura y macabra espalda alimenta su vocación puntiaguda, su ladera inescrutable. Como insectos, así de voraces, varios señores vestidos de azul deambulan su contorno. Van y vienen. Insultan. Hubo una operación aritmética en el corazón de aquella noche. Un muñequito de torta partido a la mitad. Una maldición. Triángulo de pie en medio de la maroma. Todo corresponde a una punta y entonces todo chorrea desde ahí. Las ganas y el terror. La melancolía del que tanto amó y tan poco recibió a cambio. La punta se hace vértice mientras los señores de azul recorren una y otra vez la base. Putean. Después aparece la luna, descamisada, rodando por el empedrado. Después aparece él. Y más temprano que tarde ella. Se encuentran. Ninguno de los dos lo sabe pero todo corresponde a una punta. Al vértice alto e intocable que alguna vez intentaron compartir. Algo parecido a un diluvio pero sin arca donde salvarse.

(72) Quijotes

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De nuevo llega el cantor, remolino en la garganta. Viene de no sabe dónde a cotejar los malestares. A sanar la zona púrpura. A payar los versos de su pueblo tan cercano a la injusticia. Viene de nadie sabe dónde y unos cuantos lo saludan. Sin embargo. Agitan pañuelos a la vera de su paso. Mujeres y niños lanzan claveles al viento. Entre armadura y pértiga y un sueño por cumplir. Claveles en los fusiles, se dirá más tarde. Hombres emocionados: pañuelitos parpadeantes: señal de que cabalga. Alazán que mece su nombre contra el palo flaco de la muerte. Contra la mano que hace callar. Contra la pluma que rubrica cualquier entrega. Contra el invierno: que siempre es pluma y tantas veces mano ejerciendo el silencio. También contra la noche. Negra. Que empezó una mañana de marzo. De olvido. De ciénaga y pantano y muchedumbre acribillada. Suerte que por fin vuelve el cantor: torbellino en la garganta.

(73) Regalos

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La mujer se lo dirá. Aun bajo presión. Aun en las crueles circunstancias que la rodean. La mujer se lo dirá. Tiene o lleva la respuesta cobijada en los párpados. En el contorno de su boca joven. En el ardor que recorre su vientre como nunca antes como nunca antes. Y en el sobre blanco que viaja junto a ella y que ella no olvidaría por nada del mundo. Se lo dirá. Le dará el sobre sin siquiera abrirlo y esperará a que él solito encuentre el veredicto. La certificación de lo que no tiene retorno ni vuelta atrás. Se lo dirá. Aun contra su propia voluntad y a sabiendas del enojo ajeno, del repudio y por qué no del insulto. Ser feliz e infeliz al mismo tiempo. Esa sensación, con formas de zumbido, la acongoja. Pero en el centro de su memoria sigue rozando la barbilla de su amante. Por su pecho joven. Por su cuello tenso. El sudor y los quejidos: la esperanza: el despertar. La mujer se lo dirá. También es su deber informar. Padecer. Romper en lágrimas después del hundimiento. Ella y el sobre. Ella y la distancia. Ella y la nada. Mientras tanto se consuela: la posibilidad más ínfima. La que nunca escuchará. La imposible. Mientras tanto viaja con la respuesta a flor de piel. Entre la brisa y la incógnita. Entre la felicidad y el terror que nace al otro lado del espejo.